Julio Póther estaba en el interior de la misteriosa casa roja que por dentro parecía una casa normal y corriente, con su salón en el que había un televisor. Pero sólo eran apariencias, el televisor no era un televisor nada normal y el dueño de la casa tampoco era precisamente una de esas viejitas que hacen pañitos de ganchillo para poner en los sofás



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